Si, como suele afirmarse, alcanzar la maestría en un oficio en el que está implicado el trabajo de las manos requiere unas 10.000 horas de práctica es fácil imaginar el nivel de aprendizaje del dibujo que se puede alcanzar en un curso de 100 horas lectivas, la cantidad de tiempo que el nuevo Plan de Estudios dedica a nuestra  asignatura.

La pretensión de un curso de estas dimensiones no puede ser otra que iniciar a los aprendices en una práctica del dibujo orientada a la creación arquitectónica, confiando en que la posterior dedicación al dibujar/proyectar vaya otorgando a cada cual la destreza necesaria.

Un aspecto positivo de esta situación tan extrema en la que nos vienen colocando los últimos planes de estudios es que nos obliga a depurar hasta el límite los contenidos del curso, eliminando todas las adherencias extrañas que, tan frecuentemente, contaminan el aprendizaje del dibujo implicado en la creación arquitectónica.

Pensando con la economía conceptual que la situación requiere, podemos considerar que proyectar arquitectura, visto desde nuestro campo de interés, consiste en elaborar figuras tridimensionales habitables. En consecuencia, aprender a dibujar para proyectar consiste en adquirir la capacidad de elaborar esas figuras. Esta escueta afirmación es lo bastante densa, sin embargo, como para convertirse, una vez desentrañado su sentido, en el centro argumental de nuestra pedagogía.

Proyectar arquitectura – al igual que toda tarea creativa – consiste en tantear configuraciones, de manera que aprender a dibujar para proyectar es, ante todo, aprender a tantear figuras. Tanteando figuras se acaba definiendo una especie de campo –un espacio matriz – del que surgirán las configuraciones definitivas. Aprender a dibujar para proyectar – y aprender a proyectar – consiste, por tanto, en habilitar mediante tanteos ese espacio matriz.