El acto creativo, por Marcel Duchamp

“Siempre he dicho que los cuadros generan ideas y no que las ideas generan pinturas, es decir, intento conseguir que las obras generen pensamiento. […] Hay que pensar antes y después pero no durante el momento de la creación, porque a veces el pensamiento paraliza”.

Al hilo de estas palabras del pintor Miquel Barceló (El País, miércoles 21 de septiembre de 2011) publicamos este breve texto de Marcel Duchamp sobre el acto creativo:

THE CREATIVE ACT

by Marcel Duchamp

Let us consider two important factors, the two poles of the creation of art: the artist on the one hand, and on the other the spectator who later becomes the posterity.

To all appearances, the artist acts like a mediumistic being who, from the labyrinth beyond time and space, seeks his way out to a clearing. If we give the attributes of a medium to the artist, we must then deny him the state of consciousness on the esthetic plane about what he is doing or why he is doing it. All his decisions in the artistic execution of the work rest with pure intuition and cannot be translated into a self-analysis, spoken or written, or even thought out.

T.S. Eliot, in his essay on “Tradition and Individual Talent”, writes: “The more perfect the artist, the more completely separate in him will be the man who suffers and the mind which creates; the more perfectly will the mind digest and transmute the passions which are its material.”

Millions of artists create; only a few thousands are discussed or accepted by the spectator and many less again are consecrated by posterity.

In the last analysis, the artist may shout from all the rooftops that he is a genius: he will have to wait for the verdict of the spectator in order that his declarations take a social value and that, finally, posterity includes him in the primers of Artist History.

I know that this statement will not meet with the approval of many artists who refuse this mediumistic role and insist on the validity of their awareness in the creative act – yet, art history has consistently decided upon the virtues of a work of art through considerations completely divorced from the rationalized explanations of the artist.

If the artist, as a human being, full of the best intentions toward himself and the whole world, plays no role at all in the judgment of his own work, how can one describe the phenomenon which prompts the spectator to react critically to the work of art? In other words, how does this reaction come about?

This phenomenon is comparable to a transference from the artist to the spectator in the form of an esthetic osmosis taking place through the inert matter, such as pigment, piano or marble.

But before we go further, I want to clarify our understanding of the word ‘art’ – to be sure, without any attempt at a definition.

What I have in mind is that art may be bad, good or indifferent, but, whatever adjective is used, we must call it art, and bad art is still art in the same way that a bad emotion is still an emotion.

Therefore, when I refer to ‘art coefficient’, it will be understood that I refer not only to great art, but I am trying to describe the subjective mechanism which produces art in the raw state – à l’état brut – bad, good or indifferent.

In the creative act, the artist goes from intention to realization through a chain of totally subjective reactions. His struggle toward the realization is a series of efforts, pains, satisfaction, refusals, decisions, which also cannot and must not be fully self-conscious, at least on the esthetic plane.

The result of this struggle is a difference between the intention and its realization, a difference which the artist is not aware of.

Consequently, in the chain of reactions accompanying the creative act, a link is missing. This gap, representing the inability of the artist to express fully his intention, this difference between what he intended to realize and did realize, is the personal ‘art coefficient’ contained in the work.

In other words, the personal ‘art coefficient’ is like an arithmetical relation between the unexpressed but intended and the unintentionally expressed.

To avoid a misunderstanding, we must remember that this ‘art coefficient’ is a personal expression of art à l’état brut, that is, still in a raw state, which must be ‘refined’ as pure sugar from molasses by the spectator; the digit of this coefficient has no bearing whatsoever on his verdict. The creative act takes another aspect when the spectator experiences the phenomenon of transmutation: through the change from inert matter into a work of art, an actual transubtantiation has taken place, and the role of the spectator is to determine the weight of the work on the esthetic scale.

All in all, the creative act is not performed by the artist alone; the spectator brings the work in contact with the external world by deciphering and interpreting its inner qualification and thus adds his contribution to the creative act. This becomes even more obvious when posterity gives a final verdict and sometimes rehabilitates forgotten artists.

 

EL ACTO CREATIVO

por Marcel Duchamp

Tomemos en consideración dos factores importantes, los dos polos de la creación artística: el artista por un lado, y por el otro el espectador que devendrá la posteridad.

Aparentemente,  el artista actúa como un médium que, desde el laberinto más allá del tiempo y el espacio, busca su camino hacia un claro. Si consideramos al artista un médium, debemos negarle la capacidad consciente de saber, en el plano estético, qué está haciendo o por qué lo está haciendo. Todas sus decisiones durante la ejecución de su arte quedan en pura intuición y no pueden traducirse en auto-análisis, hablado o escrito, o siquiera pensado.

En su ensayo “La tradición y el talento individual“, T.S. Elliot escribe: “Mientras más perfecto el artista, más completamente separados estarán dentro de él el hombre que sufre y la mente que crea; sólo así esta última digerirá y transmutará a la perfección las pasiones que componen su materia.”

Millones de artistas crean; sólo unos pocos miles son discutidos o aceptados por el espectador y menos aún son consagrados por la posteridad.

Según este último análisis, el artista puede gritar desde todos los tejados que es un genio: tendrá que esperar el veredicto del espectador para que sus declaraciones tomen valor socialmente y, finalmente, la posteridad le incluya entre los grandes de la Historia del Arte.

Sé que ésto no merecerá la aprobación de muchos artistas que reniegan de la condición de médiums e insisten en la validez de su conciencia del acto creativo –  sin embargo, la historia del arte ha decidido sobre las virtudes de la obra de arte a través de consideraciones completamente divergentes con las explicaciones racionales del artista.

Si el artista, como ser humano, lleno de las mejores intenciones hacia sí mismo y el mundo entero, no juega ningún papel en el juicio de su propio trabajo ¿cómo puede uno describir el fenómeno que impulsa al espectador a reaccionar críticamente a la obra de arte? O dicho de otro modo ¿cómo se produce dicha reacción?

Este fenómeno es comparable a una transferencia desde el artista hacia el espectador en la forma de una ósmosis estética a través de la materia muerta, como el pigmento, un piano o el mármol.

Pero antes de continuar, quiero clarificar nuestro entendimiento de la palabra “arte” – sin, por supuesto, intentar una definición.

Lo que me parece es que el arte puede ser malo, bueno o indiferente, pero, sea cual sea el adjetivo, debemos llamarlo arte, y el mal arte siguie siendo arte igual que un mal sentimiento sigue siendo un sentimiento.

Entonces, cuando me refiero al ‘coeficiente de arte’, se entiende que no sólo me refiero al gran arte, sino que trato de describir el mecanismo subjetivo que produce arte en bruto – à l’état brut – malo, bueno o indiferente.

En el acto creativo, el artista transita desde las intenciones a la realización a través de una cadena de reacciones totalmente subjetivas. Su pelea hacia la consumación es una serie de esfuerzos, dolores, satisfacciones, negaciones, decisiones, que no pueden y no deben ser plenamente conscientes, al menos en el plano estético.

El resultado de esta batalla es la diferencia entre la intención inicial y su consumación, una diferencia de la que el artista no está al tanto.

Consecuentemente, en la cadena de reacciones que acompaña al acto creativo falta un eslabón. Ésta falta,  que representa la incapacidad del artista de expresar completamente sus intenciones, ésta diferencia entre lo que pretendía conseguir y lo conseguido, es el ‘coeficiente de arte’ personal que contiene la obra.
En otras palabras, el ‘coeficiente de arte’ personal es como una relación aritmética entre lo inexpresado pero pretendido y lo inconscientemente expresado.

Para evitar equívocos, debemos recordar que este ‘coeficiente de arte’ es una expresión personal de arte à l’état brut, esto es, todavía en bruto, que debe ‘refinarse’ como azúcar puro de remolacha por el espectador; el número de éste coeficiente no tiene influencia alguna en su veredicto. El acto creativo toma otro aspecto cuando el espectador experimenta el fenómeno de la transmutación: a través del cambio de materia inerte en obra de arte, una verdadera transubstanciación ha tenido lugar, y el papel del espectador es determinar el peso de la obra en la escala estética.

De manera general, el acto creativo no lo realiza sólo el artista; el espectador pone a la obra en contacto con el mundo exterior descifrando e interpretando su cualificación interna y así añade su contribución al acto creativo. Esto resulta aún más obvio cuando la posteridad da un veredicto final y rehabilita, a veces, a un artista olvidado.

 

Podéis escuchar al propio Duchamp en spotify…

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